TCA

MI TCA (II): LA DECADENCIA

¡Hola, panal! Es el mismo día, lo sé, pero quería subirlas todas hoy.

En el anterior post me quedé en junio-julio del 2018. En este os voy a contar cómo fueron empeorando las cosas.

ALGO NO ESTÁ YENDO BIEN (VERANO DEL 2018)

En junio ya empecé a perder peso. Pesaba 48kg, 5kg menos de lo que para mi es mi “peso ideal”. Peso ideal para entonces, ahora mismo no sé exactamente cuál es mi peso ideal. Con el tiempo lo descubriré.

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En julio pesaba 46kg, y al acabar el verano, pesaba 42kg. Ahora os contaré cómo fueron las cosas.

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DIETA Y EJERCICIO FÍSICO

Seguía entrenando en ayunas 5 días a la semana, 2 horas diarias. Mi dieta seguía siendo la cetogénica, con un aporte calórico lamentable para mi actividad física. Es cierto que no tenía una vida muy activa porque me pasaba bastante tiempo sentada, pero a penas llegaba a las 1200 calorías.

A pesar de eso, tenía “energía” y entrenaba bastante bien. Lo daba todo y más en mis entrenamientos, aunque cada vez notaba que podía con menos peso, pero tampoco nada exagerado. Sabía que estaba perdiendo peso y que era “normal” tener menos fuerza.

Eso sí, el café doble de por las mañanas que no faltara. Lo tomaba doble por dos motivos:

  1. A modo de preentreno: un café normal ya no me hacía ningún efecto, necesitaba dos para tener ganas de entrenar por las mañanas. Despertar me despertaba porque soy una persona matutina, muy matutina, pero no siempre me apetecía darlo todo entrenando, así que recurría a la cafeína.
  2. La cafeína ayuda a quemar más grasa en ayunas (tampoco nada exagerado, eh), os dejo aquí un post de Fitnessrevolucionario donde lo explica fundamentado con estudios.
EL HAMBRE SE EMPEZÓ A APODERAR DE MI

La dieta restrictiva que llevaba y el ejercicio físico que hacía dieron como resultado un déficit de energía bastante elevado. Esto acabó desencadenando unos días de “atracones”.

¿Por qué entre comillas? Porque no eran atracones. Comer más de lo normal no es darse un atracón. La RAE puede decir lo que le dé la gana, pero para mí y para las personas que estén pasando por una situación similar, NO ES UN ATRACÓN. 

Para no llamarlo atracón, lo llamaré comilona, que según la RAE es “comida muy abundante y variada”.

Quiero aclarar (venga, ya estamos otra vez con las aclaraciones) que aunque no lo llamemos atracón, significa una mala relación con la comida. No se puede vivir en el círculo, que seguro que ya conocéis, de: restricción, “atracón”/comilona y compensación.

Si algún día se tiene un hambre voraz y os dais una comilona, es que algo no está yendo bien en vuestra dieta, esto tenedlo claro. Yo sabía que algo en mi dieta no estaba bien, en el fondo lo sabía. Era el demonio de mierda el que me decía “no tienes hambre, es tu ansiedad, algo no va bien en tu vida y por eso quieres comer, no tienes que comer más en tu día a día”. Y también el que me decía después de esa comilona “¿qué has hecho? das asco, tú no eres así, ¡ahora no comas y haz ejercicio!”

PRIMER CÍRCULO (2 DE JUNIO)

Era un sábado y estaba cenando con mi pareja. Hicimos contramuslos de pollo con especias (bueno, vale, en realidad lo hizo él…). Yo me eché poquito por lo que os dije en el anterior post: le cogí miedo a las recetas.

Después del pollo, me comí mis almendras. Nunca me faltaban mis almendras. Me las llevaba en un pequeño tupper (más mono él). Cuando terminé mis almendras, seguí tomando almendras que tenía mi pareja en su casa porque seguía teniendo hambre, pero no fueron suficientes.

Terminamos de comer y nos pusimos en el sofá a ver gimnasia rítmica. Sí, nos encantaba ver gimnasia rítmica en teledeporte. En realidad veíamos cualquier tipo de deporte, nos lo pasábamos muy bien. Yo seguía teniendo hambre y se lo comenté. No me acuerdo qué le dije exactamente, pero acabamos yendo a un supermercado a comprar comida.

Compramos galletas, helados (dos tarrinas pequeñas de Ben&Jerry’s), un KitKat de chocolate blanco… Yo me comí el KitKat de camino de vuelta a su casa porque, realmente, estaba hambrienta. Una vez en su casa, tomamos el resto de cosas.

Tampoco comí mucho, pero tenía el estómago lleno. Comía muy poco y hacía hipopresivos, lo que hizo que mi estómago se hiciera muy pequeño. Aun así, tenía la sensación de no poder parar de comer. Sí que paré, obviamente, porque me estaba empezando a doler la tripa, pero mentalmente seguía teniendo ganas de comer más y más.

Si hablamos de calorías, dudo que ese día superara las 3000 calorías. Lo que suponía, más o menos, 1500 calorías por encima de mis calorías de mantenimiento (de mantenimiento de mis 48 kilos).

Si echamos cálculos, mi déficit semanal era de casi 3000 calorías, es decir, 428 calorías al día (vamos a redondear a 430 calorías). Había mantenido ese déficit de lunes a viernes, por lo que llevaba 2150 calorías de déficit y el sábado había tenido un superávit de 1500 calorías aproximadamente. El balance energético sigue siendo negativo, con 650 calorías de déficit.

Lo mas lógico habría sido hacer vida normal al día siguiente, pero no fue así. Un TCA no es lógico, no actúa racionalmente, todo lo contrario. Al día siguiente comí bastante menos, como unas 500 calorías. Así que el déficit semanal agresivo se seguía manteniendo.

SEGUNDO CÍRCULO (9 DE JUNIO)

Era sábado también y había comido con mi pareja en su casa. De primero un plato de judías verdes (así sin mas, me encantan las judías verdes), de segundo 100 gramos de salmón ahumado y de postre, como siempre, mi barrita de Quest Nutrition.

Quedaros con estas barritas porque saldrán mas adelante. Son barritas de proteínas bajas en hidratos de carbono. Suelen rondar los 4-5 gramos de carbohidratos netos. El resto es fibra, 14-15 gramos, y edulcorantes (eritritol), 2-5 gramos. Los macronutrientes dependen del sabor de la barrita.

La verdad es que son buena opción. Los ingredientes están muy bien y los macros también si los comparamos con el resto de barritas que hay por ahí. Eso sí, son bastantes caras. Las recomendaría para personas que tienen que aumentar su ingesta de proteína y de fibra. Y las limitaría a 1-2 al día. Tened en cuenta que tienen bastante fibra, lo dejo ahí…

Estaba saciada tras esa comida, o al menos eso creía. Por la tarde fui al cumpleaños de mi primo pequeño Tomás (bueno, uno de mis primos pequeños, porque tengo un montón). Había tarta y, por supuesto, yo no tomé.

Tampoco me apetecía, nunca me han gustado las tartas en general (la tarta de queso y la tarta de la abuela sí, esas me las como con mucho gusto), y menos las de cumpleaños. Las tartas de cumpleaños están hechas para sujetar las velas, soplarlas y llenarlas de saliva, y ya está.

Aunque no me apeteciera, sí que me empezó a entrar hambre. Me imagino a mi cuerpo diciendo “¿por qué ellos tienen comida y tú no? ¡come ahora que puedes!”. Me aguanté como pude. El demonio de mierda silenció a mi cuerpo diciendo “ahora en casa comerás TU comida, la que te toca”.

Llegué a casa y cené mi comida, lo de siempre: almendras, jamón ibérico y queso de cabra. Esta vez me permití comer más y me abrí una lata de calamares en su tinta y me tomé unos 30 gramos de torreznos. Eso no era suficiente, yo quería mas. Al final me acabé tomando un vaso de leche con galletas maría. Después, me tomé un yogur natural con manzana troceada y canela. Me supo a gloria.

Para que veáis el nivel de restricción, un yogur natural con manzana para mi era algo “prohibido”.

Igual que antes, no fue gran cantidad de comida, pero mi estómago estaba lleno. Yo lo sentía como el atracón más grande que me había dado. Y también igual que antes, al día siguiente, intenté compensarlo comiendo menos.

Os dejo aquí una foto.

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TERCER CÍRCULO (28 DE JUNIO)

El 26 de junio nos fuimos mis padres, mi prima Elsa y yo de vacaciones a Peñíscola. Siempre solemos ir ahí. Este año no iba a ser menos. Además, a Elsa le hacía bastante ilusión y le iba a venir bastante bien moverse y salir de su rutina del hospital/casa/hospital/casa. Los médicos le dieron permiso para venir y, ¡allí que fuimos!

Para mí era todo un reto porque no tenía ni gimnasio ni la comida que yo solía tomar. Al principio me agobie bastante, pero luego me adapté bien. Iba al gimnasio del hotel, que no era gran cosa, pero algo es algo, e intentaba comer lo más sano posible. Solo hacia dos comidas al día, como siempre, la comida y la cena.

El hotel tenía bufé  libre y había opciones de todo tipo. Sí que me angustiaba bastante el hecho de que los alimentos que hacían a la parrilla (pescados, carnes, algunas verduras…), los llenaban de aceite. Ya sabéis el problema que tenía yo con el aceite, porque ya lo mencioné antes, pero esto era aun peor. Ya no solo eran cantidades “enormes” de aceite, ¡es que era aceite de girasol!

Para mí no hay peor aceite que el aceite de semillas, entre ellos el aceite de girasol (y no hay mejor aceite que el aceite de oliva virgen extra). Hablando de aceites parece que el malo de la película es el aceite de palma, y yo no lo veo para nada así. Esto lo pensaba antes y lo pienso ahora, no va a cambiar, pero tengo que ser realista, no en todos lados se cocina con aceite de oliva virgen extra porque es bastante caro. Y en el caso de un bufé, menos todavía. Ahí utilizan el aceite más barato que pueden porque tienen que hacer muchísima cantidad de comida.

Si ahora mismo silencio al demonio de mierda, pensaría “¿Qué más da estar unos cuantos días tomando aceite de girasol? La clave está en encontrar un equilibrio. No vas a estar de vacaciones y dándole vueltas al aceite de girasol del pescado que te has comido. ¡Disfruta!” Pero en ese momento, el demonio de mierda no estaba silenciado y lo que decía, iba a misa.

Aceite arriba, aceite abajo, nos importa un pimiento tu visión de los aceites ¿quieres ir al grano?

El caso es que las cenas del bufé eran temáticas. Un día era la noche italiana, otro día la noche de tapas, otro día la noche mexicana… Y cada noche era diferente. El jueves 28 justo tocó la noche mexicana, y a mí me vuelven loca las fajitas y los burritos y todas esas cosas. Al principio comí las opciones saludables, como brócoli, coliflor, algún pescado o carne a la parrilla… Luego probé un poco de algún relleno de fajitas, que creo que era pollo. Después me eché como cuatro o cinco veces carne picada con queso fundido en un bol. Por supuesto, la tortilla donde va el relleno ni olerla, ¡que los hidratos son el demonio! (espero que entendáis que estoy bromeando)

Vamos, que me puse fina esa noche. Vuelvo a repetir que no es comer por ansiedad, porque no tenía ningún tipo de ansiedad ni hambre emocional. Estaba hambrienta realmente. ¿Cómo sé que no era hambre emocional y era hambre fisiológica? Porque con 48 kilos midiendo 1,67-1,68m, hambre estaba pasando.

[21:28, 28/6/2018] victoria: veras el rebote guapo
[21:28, 28/6/2018] victoria: madre mia
[21:28, 28/6/2018] victoria: me he metido como 500g de carne picada de esta mexicana
[21:28, 28/6/2018] victoria: para las fajitas
[21:28, 28/6/2018] victoria: con queso fundido
[21:28, 28/6/2018] victoria: ademas de brocoli
[21:28, 28/6/2018] victoria: y pollo
[21:28, 28/6/2018] victoria: y un filete de bacalao
[21:28, 28/6/2018] victoria: porque no puedo contar calorias
[21:28, 28/6/2018] victoria: que si no
[21:28, 28/6/2018] victoria: minimo 3000
[21:29, 28/6/2018] victoria: por lo menos ahora tengo un objetivo
[21:29, 28/6/2018] victoria: bajar todo lo que he subido

Si me hubiese puesto a calcularlo, seguramente ese día tampoco superaría las 3000 calorías, y dudo mucho que las 2500, pero en mi cabeza eran el triple. Alcanzar tantas calorías en dos comidas con “comida real” (odio este término, pero así me entendéis) es muy complicado.

Me sentía tan mal conmigo misma que después de la cena, mientras mis padres y mi prima estaban en el bar tomándose una copa (a mi prima una copa no le hacía falta, ya iba bastante puesta con el fentanilo), yo me subí a la habitación.

En la habitación intenté vomitar, pero nada, no me salía. No me sale provocarme el vómito. Si no me encuentro mal de verdad, mi cuerpo es incapaz de vomitar. Lo siento si os da asco que hable de este tema, pero creo que es necesario. Así que opté por, al día siguiente, hacer un ayuno de 24 horas.

Al día siguiente cené salmón ahumado, brócoli y 10 gramos de almendras, además de mi barrita de Quest Nutrition.

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CUARTO CÍRCULO (10 DE JULIO)

Era martes y mi madre estaba en el hospital con mi prima Elsa. Mi madre se quedaba muchas noches con mi prima en el hospital para que mi tía pudiera descansar, y ese día le tocaba a ella. Mi padre trabajaba por la tarde y hasta las 20:00-20:30 no llegaba, por lo que estaba sola en casa.

Yo cenaba pronto, a eso de las 19:00 ya estaba cenando. Mi cena era la de siempre: almendras, jamón ibérico y queso de cabra. Cuando terminé de cenar, me había quedado con hambre así que empecé a comer más.

No recuerdo exactamente qué comí primero, pero sé que fueron alimentos que estaban dentro de mi dieta. Después tenía tanta hambre que comí galletas María y crema de cacahuete a cucharadas. No tomé nada más porque en mi casa no solemos tener galletas, cereales o alimentos “hiperpalatables”, solo las típicas galletas María. De haber tenido mas alimentos así, los hubiese comido.

Mi padre llegó antes de trabajar, y justo cuando llegó, terminé mi comilona. Si hubiese llegado más tarde, yo posiblemente hubiese seguido.

Notaba mi estómago muy lleno porque tenía poca capacidad, pero no me dolía la tripa. Tenía la típica molestia que tienes cuando sabes que en tu estómago hay más comida de lo normal, pero nada grave. Con el paso de las horas se me hubiese pasado.

No sé qué me paso en ese momento, pero esta vez no me servía comer menos al día siguiente. Intenté vomitar, pero como os he dicho antes, no sé hacerlo.

[19:52, 10/7/2018] victoria: estoy en el baño
[19:52, 10/7/2018] victoria: intentando vomitar
[19:52, 10/7/2018] victoria: porque se me ha ido mucho
[19:52, 10/7/2018] victoria: me siento demasiado mal

[19:56, 10/7/2018] victoria: no puedo vomitar
[19:56, 10/7/2018] victoria: es que no me sale
[19:56, 10/7/2018] victoria: no se que hacer
[19:56, 10/7/2018] victoria: me encuentro muy mal de verdad

Fue la situación más desagradable de mi vida. Estaba tan angustiada por la comilona, por no poder vomitar, por tener a mi padre al otro lado de la puerta del baño… Al final acabé mintiéndole y diciéndole que me encontraba mal de la tripa, que me dolía y tenía ganas de vomitar, pero que no me salía.

Con esto tuve una excusa para tomarme una cosa (no es ningún tipo de fármaco, es algo natural, que todos tenemos en casa pero que no voy a poner por aquí para no dar ideas, nunca sabes quien puede estar leyendo esto) que leí en internet que ayudaba a vomitar. Y me ayudo, sí. Conseguí vomitar algo, pero no todo (todo lo que le hubiese gustado al demonio de mierda).

Me hice heridas en la garganta y en los nudillos de los dedos. Fue muy desagradable. No tengo fotos, lo siento.

[12:37, 11/7/2018] victoria: me duele muchisimo la garganta y los nudillos de ayer
[12:37, 11/7/2018] victoria: la gargante me la raje con las uñas de lagarto que llevo
[12:38, 11/7/2018] victoria: y los nudillos me los lastime con los dientes

Y TOQUÉ FONDO, O LO QUE YO ME CREÍA QUE ERA EL FONDO

Aunque esto forme parte del verano del 2018, se merece un apartado. Todo ocurrió en julio, cuando mi pareja y yo nos fuimos de vacaciones.

El 16 de julio mi pareja y yo pusimos rumbo a Cantabria, para disfrutar de nuestras vacaciones juntos. Ibamos a estar del lunes 16 al viernes 20 en Somo, y después pondríamos rumbo a un pueblecito de Galicia, a una casita retirada de la civilización y al lado del mar.

LA NOCHE ANTERIOR (15 DE JULIO)

El día de antes me quedé en casa de mi pareja a dormir, y literalmente, no podía dormir del hambre que tenía. Me costó muchísimo dormirme, no paraba de pensar en comida.

Ese día había comido 819 calorías, normal que tuviera hambre (lo estoy mirando en MyFitnessPal, no voy a poner captura porque ya estaréis cansada de tanto MyFitnessPal).

Lo peor de todo es que al día siguiente pensaba hacer ayuno de 24 horas para poder cenar por la noche una hamburguesa en una hamburguesería que habíamos mirado por internet. O sea que esas 819 calorías iban a tener que ser suficientes para dos días enteros, teniendo en cuenta que ya arrastraba un déficit bastante grande.

¡COMIDA, POR FAVOR!

No voy a contar cada día lo que hice porque me estoy dando cuenta de que me estoy enrollando mogollón. En resumen diré que al final ni ayuno de 24 horas ni leches. En el coche de ida picotee unos cuantos frutos secos que se había comprado mi pareja para comer y una vez allí, fuimos a comer a la hamburguesería. No satisfecha con eso, me compré una tarrina de helado y me tomé un poco cuando llegamos a la habitación.

Por la tarde fuimos a hacer la compra y compramos ¡más guarrerías! En realidad tampoco se nos fue mucho la olla. Cené un poco de caldo y un sandwich con pan de leche, jamón cocido y queso de untar. Después creo que tomé helado.

Al día siguiente, yo me sentía culpable, ¿cómo no? E hice ayuno de 24 horas, esta vez sí. Fuimos a la playa por la mañana y por la tarde fuimos a visitar Santander. A las 20:00 fuimos a un restaurante a cenar, por fin. Esta fue mi cena, además de pulpo a la gallega y unas patatas, creo recordar.  Luego en casa creo que tomé helado.

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El miércoles 18 fuimos a visitar Cabárceno. Mi idea también era hacer ayuno de 24 horas, pero en Cabárceno me sentía hambrienta y nos tomamos una hamburguesa. No era la típica hamburguesa con pan de hamburguesa, era una hamburguesa normal, pero con pan normal. Estaba realmente buena. Luego por la noche fuimos a Santander a tomar cachopo. Nos comimos medio cachopo cada uno y luego fuimos a un sitio especialmente a comer tarta de la abuela.

El jueves tampoco desayunamos nada y fuimos a comer al Goiko Grill de Santander  y después en casa, creo que tomamos helado.

Menos mal que no iba a contar lo de cada día, menos mal. 

¡LA PÍLDORA ME ESTÁ JODIENDO LA VIDA! O NO…

Casi cada noche lloraba. Me sentía tremendamente culpable por estar comiendo “así”. Os he contado lo que comí cada día porque ahora lo pienso y no fue ninguna locura. Comí menos de lo que comen muchas personas cuando se van de vacaciones, pero repito, para mí era muchísimo y lo sentía como un atracón prolongado en el tiempo.

El demonio de mierda no solo me hacía sentir culpable por comer “tanto”, sino también por gastarme el dinero que me estaban dando mis padres en comida, en vez de ir a sitios. Ahora mismo estoy segura de que mis padres en ese momento preferían que me lo gastara en comida. Mi madre estará leyendo esto y me dará la razón.

Me acuerdo de que el jueves, después de ir al Goiko, me derrumbé. Empecé a llorar y a llorar. No entendía qué me pasaba. Me sentía incapaz de disfrutar del viaje y solo podía pensar en comida, y me culpaba y me volvía a culpar. Era horrible.

Yo sabía que algo en mi dieta no iba bien, que me faltaba energía, yo era consciente, pero el demonio de mierda no. Si alguien está en una situación así, me entenderá. Y obviamente no le iba a echar la culpa a mi estilo de vida porque tenía miedo de dejarlo, así que le eché la culpa ¡a la píldora!

Yo había leído que muchas chicas habían tenido depresión con la píldora que yo estaba tomando, así que pensé que era la píldora la que hacía que yo me sintiera así de mal, de hundida, sin ganas de nada. Decidí dejarla, y así lo hice cuando terminé el blister (el 10 de agosto del mismo año).

VUELTA A MI ZONA DE ¿CONFORT?

Al final decidimos volver antes de tiempo, el jueves por la tarde-noche. Bueno, lo decidí yo, pero como mi pareja quería mi bienestar, renunció a sus vacaciones por mí. Perdimos el dinero de la casita que habíamos alquilado en Galicia.

Llegamos a Madrid el viernes 20 de julio de madrugada. Nos quedamos esa noche en mi casa y el viernes fuimos a casa de mi pareja a “comer”. Esta fue mi primera y única comida del viernes, después de un ayuno de 24 horas, ya que mi última ingesta fue la del Goiko.

En realidad estoy segura de que volví porque necesitaba otra vez mi alimentación y mi gimnasio. ¿Por qué estoy segura de eso? Porque el viernes me quería quedar en casa de mi pareja a dormir para ir al día siguiente a entrenar, ya que su casa pilla más cerca del gimnasio al que iba que la mía.

Además, sabía que mis padres iban a olerse algo si yo iba a entrenar ese sábado.

EMPEZÓ LA DECADENCIA (AGOSTO 2018)

En Junio, con 48kg, ya recibía comentarios diciéndome lo delgada que estaba. Me lo decían en el gimnasio, me lo dijo un amigo que me encontré una vez en el autobús de vuelta a casa, me lo decían mis padres… A mi, por supuesto, me molestaba, pero no me importaba porque yo no me veía muy delgada. Me veía bien y estaba “segura” de mi misma.

En agosto, con 42-43kg, todo fue a peor.

ENTRENAR, COMER, “DORMIR” Y VUELTA A EMPEZAR

Pasé la mayor parte de agosto en casa de mi pareja porque sus padres estaban de vacaciones. Estaba en casa de mi novio, no porque quisiera estar con él, sino porque yo sabía que él no me iba a poner pegas cuando fuera a entrenar a las 7 de la mañana estando de vacaciones o cuando comiera mis tuppers y no la comida que hubiese preparada.

[Aquí es cuando necesito más empatía que nunca, sobre todo si tú, exnovio mío (no quiero decir tu nombre), estás leyendo esto. No os penséis que me estaba aprovechando de mi novio, no era yo, era el demonio de mierda. Victoria quería muchísimo a su pareja.

El verano del 2017 fue el más feliz de mi vida, no pude disfrutarlo más. Pasé un verano genial con mi novio. Nos fuimos de vacaciones juntos, hacíamos mil planes, me quedaba en su casa a dormir, nos reíamos, disfrutábamos… era maravilloso. Me sentía en una nube, y de golpe, en septiembre, me caí al suelo.

Pero, como dice mi madre, todo pasa por algo. Y a lo mejor los dos necesitábamos que pasara esto para darnos cuenta de nuestros problemas.]

Mi día a día era siempre el mismo: ir a entrenar por la mañana, volver a casa de mi pareja, comer, hacer la “digestión”, hacer abdominales hipopresivos, ducharme, cenar e intentar dormir.

Digo intentar dormir porque lo pasaba fatal. No podía dormir. Yo le echaba la culpa al calor, pero me apuesto un pie a que era del hambre que tenía.

DIETA Y EJERCICIO FÍSICO

Mi dieta seguía siendo la dieta cetogénica, y cómo no, hipocalórica. También hacía ayuno intermitente de 16-18 horas.

En cuanto al ejercicio, entrenaba de lunes a sábados, un día más que los meses anteriores. Seguían siendo 2 horas, pero esta vez, 2 horas enteras de pesas. Ya no podía hacer mis 45 minutos de cardio andando en la cinta porque estaba agotada.

LA MATRÍCULA DE LA UNIVERSIDAD

A finales de julio hice la matrícula de la universidad para el curso 2018-2019. Me matriculé de dos asignaturas en el primer cuatrimestre y de otras dos en el segundo cuatrimestre, una optativa y otra pendiente de primero.

Estas asignaturas las cogí cuadrándolas con mi horario de entrenamiento y de comidas, por supuesto. Yo tenía que entrenar a primera hora, de 7:30 a 9:30, por lo que la asignatura tenía que empezar a las 10:30. Además, tenía que coger el autobús a las 13:00 porque tenía que llegar a casa a las 14:15, comer a las 14:30 y luego tener la tarde libre para hacer hipopresivos, ducharme y cenar.

De estas dos asignaturas, Higiene y seguridad alimentaria y Tecnología culinaria, del primer cuatrimestre, al final solo cursé una. Esto fue porque el primer día, el día de la presentación, en Higiene y seguridad alimentaria nos pusieron el calendario de prácticas y me di cuenta de que teníamos muchas prácticas por la tarde.

Al demonio de mierda le entró tal agobio por tener tantas tardes ocupadas, sin poder hacer hipopresivos, llegando a casa a las 21 de la noche cuando solía cenar a las 19:00, que decidió no cursarla.

En Tecnología culinaria también teníamos prácticas, pero solo un día a la semana por la tarde, lo que sí que podía tolerar.

Del segundo cuatrimestre no hablaré en este post porque ahora mismo he dejado un poco de lado la universidad para poder recuperarme tranquilamente.

DE MAL, EN PEOR (SEPTIEMBRE-NOVIEMBRE 2018)

A principios de septiembre pesaba 42-43kg y todo empezó a empeorar.

 

DIETA

Seguía siendo cetogénica e hipocalórica. Lo único que cambiaron fueron dos cosas:

  • El ayuno intermitente, que también lo hacía todos los días, en vez de ser de 16-18 horas, era de 19 horas. Tenía que terminar de cenar a las 19:30 y tenía que comer, al día siguiente, a las 14:30. Podía terminar de cenar antes de la hora establecida, pero nunca después. Al igual que con la comida, podía empezar después, pero nunca antes. Todo iba orientado a cuantas más horas de ayuno, mejor.
  • La comida de mi padre, ni olerla. Comía y cenaba la comida que yo me preparaba porque no me gustaban las “recetas” y no saber qué cantidad exacta de cada ingrediente había en mi plato. Mis platos siempre eran “ensaladas”. Y con “ensaladas” me refiero a distintos ingredientes mezclados, pero que se vieran bien diferenciados. Aquí os dejo un ejemplo de mi comida.

Por supuesto, el caldo de pollo antes de la comida y la barrita después de la comida, que no faltaran.

SE CONVIRTIÓ EN UN RITUAL

La hora de la comida y de la cena se convirtieron en un ritual.

Comía muy despacio, “disfrutando” de cada bocado, con calma… No me gustaba comer con gente porque eso implicaba hablar, y mientras comía a mí me gustaba centrarme en mi comida y no en hablar con otras personas. Eso hizo que me aislara cada vez más.

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Después de la comida, me tomaba la barrita de Quest Nutrition con el café. Y lo mismo que antes, me gustaba tomarla en mi habitación sin ninguna persona alrededor. Tardaba como 20 minutos en tomarme una barrita de 60 gramos porque necesitaba disfrutarla el mayor tiempo posible. Era mi único “capricho” del día.

CALORÍAS NETAS

No sé si sabréis qué son las calorías netas, y tampoco quiero entrar en mucho detalle, así que os haré un resumen muy muy muy muy resumido (esta vez sí, lo prometo): las calorías netas son las que le estás aportando a tu cuerpo realmente.

Seguramente habréis oido hablar de que los frutos secos crudos en realidad aportan menos calorías de lo que marca la etiqueta nutricional. Esto es totalmente cierto. ¿Por qué? Porque a nuestro cuerpo le cuesta energía digerir esos frutos secos crudos. Entonces, si 100 gramos de esos frutos secos nos aportan 600 calorías, pero a nuestro cuerpo le cuesta digerirlo unas 100 calorías (me lo estoy inventando), en realidad solo estamos aprovechando 500 calorías, por mucho que en MyFitnessPal, MyFitnessPol o MyFitnessPul ponga 600 calorías.

Para qué os digo esto, os preguntaréis. Pues para explicar por qué mis digestiones eran una mierda y por qué mi cuerpo estaba, en realidad, sobreviviendo con menos calorías de las que yo me pensaba.

Empecemos con las digestiones. Eran una mierda, sí. Después de cada comida sentía el estómago muy pesado. Me tenía que tomar una infusión digestiva después de la comida y dos después de la cena, además de dos colas de caballo.

Y no me extraña para nada que fueran una mierda. A mi cuerpo ya le costaba suficiente mantenerse con vida como para encimar tener que gastar energía digiriendo. Horrible.

Respecto a las calorías consumidas, dejo aquí una captura de pantalla con las calorías medias de una semana de septiembre, otra de octubre y otra de noviembre.

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Como veis, sí que fui aumentando las calorías. Lo hice conscientemente porque cada vez me veía más delgada, sin energía y sin ganas de nada. Además, empecé a pensar todo el rato en comida, incluso a soñar con comida.

Me acuerdo de que, para calmar esa “ansiedad por la comida”, que en realidad era hambre, H-A-M-B-R-E (no lo llaméis ansiedad cuando significa hambre), veía videos en YouTube de los típicos retos de calorías.

Todo esto lo tengo escrito en una libreta que utilizaba cada noche para anotar las comidas, las calorías, los macronutrientes… Cuando lo escribía era consciente y me decía a mí misma “tienes que comer más”, pero en otros momentos del día el demonio de mierda tenía el poder absoluto sobre mi y me impedía actuar con racionalidad. Me metía miedo a subir de peso, a “taparme”, a volver a estar como antes.

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Anotaba las calorías, los macronutrientes (proteína/hidratos de carbono/grasa), la fibra (el número que está en un círculo), las comidas y cenas junto con su hora de finalización y las sensaciones del día. Anotaba cuándo iba al baño y cuándo no porque tenía bastantes problemas para ir al baño.

Cada día me pesaba y, si no había aumentado el peso me alegraba ya que eso significaba que estaba comiendo un poco más (poco poquito) y no estaba subiendo el peso. También intentaba compensar esas 100 calorías más entrenando más o moviéndome más.

Esto no lo he mencionado antes, pero mi objetivo no era perder peso y que se me marcaran los huesos. Se me marcaban los huesos, sí, porque era inevitable, pero yo lo que quería era bajar mi porcentaje de grasa corporal. Hasta tal punto que se me marcaran las venas y todas las inserciones de los músculos. También me obsesioné con la cintura, hasta llegue a tener 52-53cm de cintura y 80cm de cadera.

Músculo que, por cierto, estaba perdiendo. Cuando tu cuerpo ya no puede perder más grasa (no porque no tengas, claro que tienes, pero poca) tiene que recurrir a otra fuente energética corporal, y ese es el músculo.

Tenía tan poca grasa corporal que se me marcaban los implantes y el pectoral como tal por encima de los implantes. De hecho, en la última revisión que tuve con el cirujano, me planteó la posibilidad de poder hacerme un injerto de grasa en el pecho para que no se me notaran tanto los implantes.

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Nunca me he visto gorda, jamás. Me he podido ver mejor o peor, pero no me miraba al espejo y me decía “estás gorda” o “estás fatal”, todo lo contrario, me veía súper bien (a veces, claro). Si que me repetía constantemente que yo tenía que estar así de delgada porque así me veía bien, así me quedaba bien la ropa y así me sentía cómoda, pero nunca creí estar gorda.

Lo que sí que pensaba es que antes, en el verano de 2017, estaba un poco pasadita de peso. No con sobrepeso, pero sí “pasadita”. Aquí os dejo una foto de ese verano. La chica guapa que está a mi lado es mi prima Elsa.

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EJERCICIO FÍSICO

Con el ejercicio físico seguía igual. Hacía de lunes a sábados 2 horas diarias de pesas. También me intentaba mantener lo más activa posible, subiendo todas o casi todas las escaleras a pie, dando paseos siempre que pudiera…

Los viernes por la tarde no podía estar tranquilamente sentada con mi pareja viendo una serie o tumbados en la cama como hacíamos antes hablando de mil cosas y riéndonos a carcajadas. Sí que hablábamos de cosas, sí, pero dando paseos larguísimos.

Tenía miedo de estar parada sin hacer nada, tenía que estar haciendo mil cosas y sin parar. Yo soy una persona bastante inquieta y que siempre tiene la mente a mil por hora, pero soy capaz de estar sentada tranquilamente escribiendo este post, por ejemplo, o leyendo un libro. En ese momento el simple hecho de estar quieta me agobiaba, sabía que estar quieta era igual a tener un gasto calórico pequeño y no me podía permitir eso.

En el metro era incapaz de sentarme aunque hubiese asientos libres. Prefería estar de pie porque el gasto calórico de pie iba a ser mayor al gasto calórico sentada. Aunque tampoco era capaz de estar sentada porque se me clavaban los huesos y me hacía daño en el culo. Tenía moretones en toda la columna, hasta el coxis.

Por raro que parezca, en ese momento no me daba cuenta de lo que estaba pasando por mi cabeza. No era consciente de que quería moverme para gastar energía porque se había convertido en un estilo de vida, en un bucle del cual no podía salir porque el demonio de mierda no me dejaba.

Luego llegábamos a su casa, yo me duchaba y después cenábamos. Yo de mi tupper, por supuesto, que previamente me había preparado en mi casa. Los viernes me quedaba a dormir en su casa, no porque quisiera, sino porque así podía ir a entrenar los sábados. Mis padres esto no lo sabían, aunque mi madre me dijo el otro día, cuando se lo confesé, que algo se olían.

CUATRO OJOS (O DIECISÉIS) VEN MEJOR QUE DOS

Mis padres se estaban empezando a preocupar mucho. No es que antes no estuvieran preocupados, sí que lo estaban, pero estaban dándome tiempo para ver si la cosa cambiaba.

Me dijeron que me hiciera un análisis de sangre y, que si daban los resultados bien, aunque mi peso fuera bajo, ellos se dejaban de preocupar. Yo en el fondo sabía que los análisis saldrían horribles (y ahora me da pena no haberme hecho ninguno, porque serían para enmarcarlos), y no me daba miedo que salieran horribles, lo que me daba miedo (o más bien, lo que le daba miedo al demonio de mierda) era que por esos análisis me cambiaran mi estilo de vida, ¡eso sí que no!

También me propusieron pesarme cada cierto tiempo para ver que no estaba perdiendo peso. Por supuesto yo no lo hice.

Y no solo mis padres se empezaron a preocupar. También algunas personas cercanas a mí, como gente del gimnasio a la cual yo siempre saludaba (porque yo saludo a todo el mundo).

Unas mujeres un día me preguntaron en el vestuario “¿tú siempre has sido así de delgada?” y yo ponía la excusa de que por culpa de la píldora había tenido problemas de tiroides y había adelgazado un poco (¿problemas de tiroides? ¿adelgazado un poco? ¿culpa de la píldora? ¿qué?) y así se quedaban más tranquilas.

Otro día la mujer que limpiaba el gimnasio por la mañana me dijo que estaba adelgazando mucho y que yo cuando empecé a entrenar allí no estaba tan delgada (en enero). Y otra excusa más: es que cuando empecé me acababa de operar el pecho y estaba más hinchada…

Y un hombre también del gimnasio, que no sé su nombre (un año hablando cada día con él en el gimnasio y no sé su nombre, sí, así soy), pero que tenía buena relación con él, me decía comentarios cada mes del tipo “estas muy delgada, ¿comes bien?”, “como sigas adelgazando vas a desaparecer”… Y yo le odiaba cuando me hacía ese tipo de comentarios y pensaba ¿por qué se tiene que meter en mi vida? ¿le he pedido yo opinión sobre mi físico? Ahora entiendo que lo único que hacía era preocuparse por mi, a su manera.

¿Os acordais de A? Pues coincidí con A en unas prácticas de la universidad (esas que eran solo los jueves) y me preguntó al acabar por WhatsApp:

[18:44, 27/9/2018] A: Hola! Sé que es un tema muy delicado y que no soy nadie para meterme, pero bueno en su momento te considere una muy buena amiga, si tienes problemas con la comida o algo que sepas que estoy aqui para lo que necesites si te puedo ayudar
[18:44, 27/9/2018] A: Y si todo esta bien guay!
[18:44, 27/9/2018] A: Espero que no te moleste 😓

Y yo, como siempre, con las excusas de siempre: no no, como bien y entreno, por eso he perdido un poco de peso… Lo que no decía y tampoco sabía es que tenía miedo a cambiar mi físico porque me gustaba estar así.

Incluso una chica que había pasado por una anorexia, que también estaba en las prácticas, me preguntó si estaba bien.

Vamos, que todo el mundo comentaba sobre mi cambio físico tan brusco. Y los que no comentaban, me miraban con pena, con ojos de “pobre chica”. Yo en ese momento me pensaba que me miraban porque les gustaba mi físico, o incluso a veces estaba tan abstraída en mi mundo maravilloso (jajaja) que ni me fijaba en las personas de mi alrededor.

En el metro cuando iba al autobús para volver a casa me metía en mi aplicación donde registraba todas mis comidas para ver que me tocaba ese día. Yo lo sabía perfectamente porque cada semana se repetía lo mismo, pero me gustaba verlo e imaginarme la comida. Eso no era vivir.

Y TODO LO QUE NO SE VE

Ya no solo era la pérdida de peso más que evidente, había muchísimas más cosas, y yo creo que peores. El peso no es nada, el peso es relativo. Hay personas muy delgadas, pero que están bien, simplemente son delgadas porque son así.

Mi peso podría decir lo que sea, pero mi cara decía que algo no estaba bien. Aquí os dejo una foto comparando el verano del 2017 (a la izquierda) con octubre del 2018 (a la derecha).

Tenía frío todo el tiempo. Estaba congelada, pero con todo esto de los beneficios de la exposición al frío o cold thermogenesis, intentaba aguantar como podía.

También se me empezó a caer el cabello, lo que me deprimió bastante porque yo me lo cuido mucho y es una de las cosas que más me gusta de mí. Por suerte había estado un año largo tomándome la píldora anticonceptiva y mi cabello estaba radiante y abundante, como el de una embarazada. Así que, cuando se me empezó a caer, no me quedé con cuatro pelos porque partía de una buena melena, pero aún así me daba mucha pena ver cómo se me caía cuando me lo peinaba, tocaba o lavaba.

Yo buscaba en internet (porque así soy, curiosa) y leía que después de dejar la píldora anticonceptiva era normal que se cayera el cabello. Yo la había dejado en agosto, como os dije, por lo que llegué a la conclusión de que todo esto era un efecto secundario de dejar la píldora. Al igual que la falta de menstruación o amenorrea.

Es cierto, sí que es un efecto secundario de dejar la píldora anticonceptiva. Es normal que se caiga el cabello y que tu cuerpo tarde en ovular, pero también es una consecuencia de la pérdida de peso. Todo está relacionado, y lo uno no quita lo otro. Yo estoy convencida que, de haber estado en mi peso ideal, que como os dije en el anterior post está entorno a los 55kg, mi regla hubiese vuelto al poco tiempo de haber dejado de tomar la píldora anticonceptiva.

Mis uñas se me empezaron a partir. Las tenía muy débiles, y eso a mí nunca me había pasado.

Mi estado de ánimo era una absoluta mierda. No me apetecía hacer nada. Solo quería hacerme una bolita en la cama y esperar a la hora de comer, pero claro, eso no me lo podía permitir porque significaba estar quieta, y encima, ¡tumbada!

Estaba irritable cuando tenía hambre, es decir, todo el día. Solo estaba de buen humor la hora después de cada comida. Esto es verídico. Y ya no solo no me gustaba estar con gente, es que tampoco era capaz de seguir una serie porque estaba todo el rato pensando en comida.

Seguramente me olvide de algunas cosas o todavía no las asocie con el TCA. Tened claro que cuando me vaya acordando, lo iré escribiendo por aquí.

 

 

2 comentarios sobre “MI TCA (II): LA DECADENCIA

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