TCA

MI TCA (III): EL PUNTO Y APARTE

¡Hola, panal! Este es el último post sobre la historia con el TCA. Habrá más relacionados con el tema porque quiero seguir mi recuperación por aquí. Escribir siempre me ha ayudado.

Aquí os contaré cómo me di cuenta de que tenía un trastorno de la conducta alimentaria. Este es el post más duro para mí porque lo pasé bastante mal. No sé si es porque me afectó mucho o porque lo tengo reciente y en un futuro me reiré de esto como me rio del acoso que recibí en el instituto. Aunque no os voy a negar que cuando lo escribí y recordé ciertas cosas, se me removió algo por dentro.

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Lo positivo de haber recordado todo eso es que me ha ayudado a no culparme por ser así y por haber pasado todo esto. Quizás lo que yo creía que había surgido de la “nada” o de mi perfeccionismo, se ha visto influido por una serie de acontecimientos de mi pasado. Que no digo que mi personalidad no haya tenido nada que ver, pero ¡todo suma!

Bueno, dejo de enrollarme y empiezo con lo importante. ¿Cómo me di cuenta de que tenía un TCA?

VALE, TENGO UN PROBLEMA, PERO ¿CUÁL?

El sábado 24 de noviembre del 2018 fui a entrenar por la mañana, como todos los sábados. Entrené fatal, como una mierda. No tenía energía y estaba muy cansada.

Había pasado unas semanas muy malas, con mucha “ansiedad”. Lo que yo me pensaba que era ansiedad, vamos. En realidad era hambre, ganas de comer, de alimentarme, de salir de ese estado de malnutrición.

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En las fotos siempre intentaba buscar la mejor pose, donde se me viera mejor. Eso que parece el glúteo, es el hueso de la cadera. Y no tengo ninguna de perfil, pero el coxis se me marcaba.

La noche del sábado del fin de semana anterior le dije a mi pareja que tenía muchas ganas de comer muchísima cantidad de comida, pero no lo hice.  Me comí mis 200 gramos de merluza, 150 gramos de espárragos, 10 gramos de cacahuetes y 50 gramos de queso feta. Me sentí orgullosa de mí misma por haber reprimido mis ganas de comer, pero el sábado siguiente no fue así.

Volví de entrenar y volvía a tener mucha “ansiedad” (hambre, por dios, ¡¡hambre!!). Decidí tomarme mi comida que tenía preparada en un tupper esperándome en la nevera. Tomé mi caldo, como siempre, mi comida y mi barrita de Quest Nutrition. Lo hice todo muy despacio, para que se me pasara la “ansiedad”.

Cuando terminé, una fuerza sobrehumana se apoderó de mí y me hizo coger mi maravilloso bolso de punto. Dentro le metí mi monedero con dinero, suficiente dinero, y una bolsa de tela. Salí de mi casa, hacía muchísimo frío y me fui al supermercado que pilla más cerca de mi casa. Me compré un montón de comida. Llegué a casa y me comí algunas cosas. No me comí todo porque me llené enseguida.

Me sentí tremendamente culpable por todo eso. No sabía por qué me había pasado algo así. Me tranquilicé pensando en que quizás mi cuerpo me estaba pidiendo a gritos energía. Yo empecé a atar cabos: tengo “ansiedad”, estoy entrenando mal, me veo muy delgada… a lo mejor esto es lo que necesitaba mi cuerpo.

En ese momento yo no me había dado cuenta de que tenía un problema con la comida, un gran problema. Yo sí que sabía que tenía un problema, pero no sabía exactamente cuál.

“ESTO NO PUEDE VOLVER A PASAR”

Lo que me ha pasado no es precisamente normal, no, pero yo tonta no soy. Sabía que estos “atracones”/comilonas significaban que algo no estaba yendo bien. Sabía que se me estaba yendo de las manos esta pérdida de grasa porque cada vez me notaba peor.

Decidí cambiar algo en mi dieta. Seguía con mi carbofobia, pero empecé a aumentar las calorías un poco más. Las aumentaba, pero tenía miedo. Tenía miedo de aumentar el peso muy rápido, de verme mal, de verme “tapada”, de ya no verme las venas en el abdomen… vamos, que tenía miedo del temido efecto rebote (me rio yo ahora de esto).

Aquí me empiezo a imaginar mi vida con un demonio de mierda en mi hombro derecho y un angelito adorable en mi hombro izquierdo (o al revés, no vayamos a tener malentendidos políticos). 

Subí las calorías, a 1300-1400kcal/día, aunque netas serían un poco menos. Subí las calorías principalmente en forma de grasa, porque seguía teniendo miedo a subir los hidratos de carbono, aunque también los subí un poco, de 15 gramos/día a 30 gramos/día.

Seguía siendo muy poco y mi cuerpo lo notaba. Seguía teniendo hambre, seguía soñando con comida, pensando todo el rato en comida… mi cabello también se seguía cayendo y me sentía cada vez más triste.

También es cierto que, mi demonio de mierda aparecía en mi hombro y me hacía intentar compensar esas calorías extra entrenando más. Iba a entrenar con más energía porque sí que estaba comiendo más, pero también entrenaba más y me movía más.

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Recuerdo que los días que no tenía clase (la mayoría, porque solo estaba cursando una asignatura) me iba a dar vueltas por Madrid para moverme más. Me iba al Primark, allí, allá… con la excusa de ir a ver regalos de navidad, porque la navidad estaba a la vuelta de la esquina. Iba con mi mochila y mi bolsa de entrenar. La bolsa de entrenar la llevaba en la mano en vez de colgada porque así, gastaba más calorías.

Vamos que, al final, el balance energético seguía siendo negativo y yo seguía con un hambre voraz. Al final, los fines de semana me permití hacer comidas libres. Esto fue principalmente por tres motivos:

  1. De domingos a jueves mi vida tenía que ser perfecta en cuanto a dieta y ejercicio. Tenía que seguir mi dieta y mis rutinas del gimnasio. Todo lo que se saliese de ahí tenía que ser o un viernes por la noche o un sábado.
  2. Los sábados entrenaba pierna. Los entrenamiento de pierna son, por lo general, más intensos que los demás. Me decía a mí misma “ya que comes mas, aprovéchalo entrenando para crear músculo”. Vamos, que si tenía que subir de peso, que fuera de músculo y no de grasa.
  3. Entre diario no quería comer más porque odiaba sentir mi estómago “lleno”.

Del segundo punto saco de conclusión dos cosas. Ya no es que no me diera cuenta de que tenía miedo a ganar grasa, es que me creía que iba a llegar a un peso saludable de manera limpia, o sea, subiendo casi 8kg de puro músculo. Yo sabía y sé que eso es casi imposible de manera natural, pero el demonio de mierda, con tal de que no ganara grasa, me hacía creer que eso era posible. Para que veáis lo contradictorio que es a veces un TCA.

BUSCANDO EL EQUILIBRIO

Los fines de semana, como dije antes, hacía comidas libres. Recuerdo exactamente qué comí cada fin de semana.

Podría decir lo de siempre, lo de “no me voy a enrollar contando todo” y al final hacer lo de siempre también, es decir, no hacer caso a mis palabras. Pero no, esta vez no, esta vez voy a ser sincera. Voy a contar todo, me voy a enrollar, os voy a cansar, pero me da igual. No hay que callarse nada, y escribir me ayuda a recordar, y recordar me ayuda a no culparme, así que, ¡allá voy!

FIN DE SEMANA 1 (30.11-01-12)

El viernes siguiente a la comilona, el 30 de noviembre, fui a casa de mi pareja, como de costumbre. Yo llevaba mi cena preparada en un tupper y lo dejé en su nevera.

Fuimos a comprar a un bazar que hay en un centro comercial. En ese centro comercial hay muchos establecimientos de comida rápida y todo eso. Gracias al olor de esa comida y a los estímulos visuales dije “¡A la mierda el salmón ahumado, las nueces, las perlas de Mozzarella y los tomates Cherry! ¡Quiero energía inmediatamente!” Bueno, eso último yo creo que lo dijo mi cerebro…

Me daba igual dónde comer, qué comer, cuánto comer, ¡me daba absolutamente igual! Lo que yo sabía es que no podía esperar. Así que optamos por lo que pillaba más cerca: el Burger King.

A mí en mi vida me ha gustado el Burger King. De tener la oportunidad de comer una hamburguesa, ese sitio sería mi última opción en la lista, pero en ese momento me daba igual. Yo lo que necesitaba era energía.

Después fuimos al McDonald’s porque se me antojó un McFlurry. Hacía años, muchos años, que no me comía uno. Nunca me han atraído los helados. No me acuerdo el sabor, pero le eché como cuatro veces el sirope de chocolate ese y otras cuatro veces la galleta. Me comí dos o tres cucharadas, porque enseguida me llené. Entre la hamburguesa y eso, estaba a “reventar”.

Una persona normal con un tamaño de estómago normal se hubiese podido comer el helado entero, porque las hamburguesas del Burger King otra cosa no, pero pequeñas son un rato.

Al llegar a casa no me sentía hinchada ni nada. No me sentó nada mal. Seguía teniendo hambre, pero en mi cabeza decía “bueno, mañana celebras tu cumpleaños y también podrás comer”. Me imagino a mi cerebro en plan de ¡hay comida, sí, por fin! Pobrecito mío. 

Al día siguiente, el sábado 1 de diciembre, lo primero que hice fue ir a entrenar por la mañana. Bueno, miento, lo primero que hice fue ir al baño. Lo siento ser tan gráfica, pero ahora me doy cuenta de que mi cuerpo no tenía suficientes enzimas y le fue imposible digerir la comida del día anterior. 

Entrené con bastante energía y bastante bien, o lo que yo me creía que era bien. Aproveché e hice, además de pierna, un poco de brazo, aunque no me tocara. ¿Por qué digo “aproveché”? Porque el demonio de mierda sabía que tenía energía de más, por lo que tenía que entrenar mas. Y no entrené más porque no me daba tiempo, que si no…

Me recogió mi novio en coche y fuimos a su casa. Nos duchamos y arreglamos porque habíamos quedado para comer en The Knife (un restaurante argentino con bufé libre, es una maravilla, os lo recomiendo si os gusta la carne) para celebrar mi cumpleaños con mis padres y mi prima Elsa.

Antes de ir me comí dos Snickers que tenía en casa de mi pareja desde hace mucho tiempo. Tenía hambre.

En el bufé tampoco me volví muy loca. A mi la carne tampoco me apasiona y le he cogido bastante asco, no sé por qué. Sí que aproveché para probar de todo. Cuando digo de todo, es de todo, hasta la ensalada de cuscús que había. No comí más porque estaba bastante llena y a mi estómago, literalmente, no le entraba más, pero seguía teniendo hambre.

En mi casa, sobre las 18:00, merendé tres bocados de un alfajor que habíamos comprado en el mismo restaurante, y no pude más. Me empezó a doler la tripa un montón, me sentía llenísima. Me tomé unas cuantas infusiones digestivas para ver si se me pasaba.

Al día siguiente estaba llena, pero no me encontraba mal. Intenté no compensarlo con la comida, pero volví a tomar solo 1000 calorías. El demonio de mierda me intentaba convencer y me decía que comía menos porque no tenía hambre, porque estaba saciada, pero no era así.

Por supuesto, seguía sin engordar ni un gramo. Los días posteriores sí que aumentaba 1-2kg de glucógeno y retención de líquidos, pero con el paso de los días perdía eso que había aumentado, incluso un poco más. Me estaba consumiendo.

FIN DE SEMANA 2 (07-08.12)

El viernes 7 de diciembre fui a entrenar por la mañana como de costumbre. Salí de entrenar con muchísima hambre. Para comer ese viernes había encargado comida en un italiano y la teníamos que pasar a recoger a las 14:00, creo.

Intenté calmar mi hambre diciéndome que ya comería a las 14:00 la pasta que había elegido para mí, que con eso iba a ser suficiente. Por supuesto, antes de las 14:00 no podía comer nada. Iba a romper mi ayuno con la comida, como siempre.

No pude aguantarme. Salí de entrenar y fui a comprar comida al supermercado que tenía al lado. Me compré dos mini barritas de pan con semillas, un poco de jamón cocido, queso en lonchas, tres alfajores y un Snickers. Creo que no me compré nada más.

Con las mini barritas de pan me hice dos bocadillos de jamón cocido y de queso. Me lo comí en Avenida de América mientras esperaba el autobús. Dentro del autobús me comí los Snickers y los alfajores. Mientras me comía todo esto, bebía mucha cantidad de agua porque estaba sedienta.

No sé si lo sabéis pero para que la glucosa se absorba se necesita agua. Con este agua y esta glucosa se forma el glucógeno muscular y el glucógeno hepático (a grandes rasgos claro, en realidad es un proceso mas complejo). Estas son las reservas de glucógeno del organismo. La dieta que yo seguía, o más bien, el protocolo, hacía que estas reservas de glucógeno se depletaran.

Cuando llegué a mi casa estaba muy llena, pero actúe como si nada porque enseguida llegaría mi pareja y nos teníamos que ir a por la comida al restaurante italiano. Me daba mucha vergüenza decirle a mi novio que había comido toda esa “cantidad” de comida.

Fuimos al italiano, recogimos la comida y volvimos a mi casa. Yo no tenía ganas de comer. Bueno, en realidad sí que tenía ganas, pero tenía el estómago lleno y no me entraba más. Intenté comer un poco, pero enseguida me empecé a encontrar mal. Al final se lo acabé confesando a mi pareja.

Por la tarde fuimos a las Navidades Mágicas de Torrejón de Ardoz (menuda mierda de ciudad de la navidad, por cierto) a dar un paseo. A mí siempre me ha encantado la navidad y me hacía mucha ilusión ir. Tenía el estómago lleno y parecía que estaba de 8 meses, pero no me dolía la tripa. Me sentía viva y con energía.

Esa noche no tenía pensado cenar nada, pero al llegar a casa tenía muchísima hambre. A mí me parecía increíble, pero decidí comer porque me dije que al día siguiente volvería a la normalidad. Cené casi 400 gramos de crema de verduras (porque me encanta la crema de verduras, de verdad) y un sándwich. De postre me tomé una mini-tarrina de helado.

Los días siguientes seguí con mi rutina de siempre. Intenté no compensarlo al día siguiente, pero me costó bastante y al final acabé comiendo menos de lo normal.

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Como siempre, un sábado cualquiera por la noche, con la mascarilla capilar puesta, haciendo mi rutina de movilidad mientras me tomo una infusión digestiva.
FIN DE SEMANA 3 (14-15-12)

El viernes 14 tenía programado una cena libre. Me compré pan integral con aceite de oliva, jamón cocido extra, un paquete de queso en lonchas y un helado de Ben&Jerry’s (Peanut butter cup). Cené un sándwich y luego, mientras veíamos una película, me tomé toda la tarrina del helado.

El sábado por la mañana fui a entrenar, con la mentalidad de ¡vamos a crear músculo! Cuando en realidad lo único que pretendía era compensar lo del helado y no ganar nada de grasa.

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Cuando salí de entrenar, tenía pensado volver a mi casa con mi pareja y comer el tupper que me había preparado. No me apetecía nada de nada. Tenía hambre. No quería mi ridículo tupper con pollo, maíz y huevo. Así que le propuse a mi novio irnos a comer al Goiko Grill. Le dije que le invitaba yo. Tenía muchas ganas de ir.

Se lo dije a mis padres y ellos encantados. Me acuerdo de que mi padre grabó un audio con el WhatsApp de mi madre (porque mi padre no tiene WhatsApp, ni siquiera un smartphone) en el que decía que él nos invitaba al Goiko Grill, que lo pagaba él. Estaban tan contentos de que su hija comiera que les daba igual todo.

Es una lástima que no todo se centre en la comida, aunque parezca contradictorio. Un TCA es algo más que comer y subir de peso. Yo en ese momento estaba luchando con el demonio de mierda, guiándome por mi hambre, pero él seguía presente y me lo iba a hacer pasar muy mal.

Ni siquiera me duché después de entrenar de las ganas que tenía de ir al Goiko Grill y comer. No era capaz de desvestirme, ducharme, lavarme el cabello, secármelo, peinarme… Necesitaba comida y la necesitaba ya. Yo estaba en ayunas, como siempre, y pensaba romper el ayuno con el Goiko.

Nos pedimos unos Teques de entrantes, tres para cada uno (aunque yo me hubiese comido más). Yo me pedí la Kevin Bacon (creo que es la mejor hamburguesa que he probado, aunque ahora mismo estoy un poco harta y me ha dado por los bocadillos de pechuga de pollo y queso fresco, ya os contaré después). De postre pedimos una Goiko Cookie cada uno.

Disfruté la comida como nunca. Saboree cada bocado. Me encantó. Estaba tan feliz de poder disfrutar de aquello que no quise desperdiciar ni un segundo. Después me tomé un café solo en el Juicy Avenue.

Luego en casa cené mi crema de verduras con dos rebanadas de pan con lacón. De postre me tomé un vaso de leche con cuatro galletas María.

[19:43, 15/12/2018] victoria: lo estoy pasando un poco mal ahora
[19:43, 15/12/2018] victoria: he cenado mi crema de verduras con dos rebanadas de pan con lacon
[19:43, 15/12/2018] victoria: y luego me tome un vaso de leche con 4 galletas

Lo estaba pasando mal porque me sentía culpable. Me sentía culpable porque me apeteciera comer Goiko. En realidad, porque me apeteciera comer comida que no estaba dentro de mi dieta. Me sentía fatal. Una mierda. Una absoluta mierda.

[19:44, 15/12/2018] victoria: no quiero este tipo de alimentos en mi vida
[19:44, 15/12/2018] victoria: no me siento orgullosa tomandolos
[19:45, 15/12/2018] victoria: por mas que me intente engañar con el tema de la energía y las kcal
[19:45, 15/12/2018] victoria: no quiero

[19:48, 15/12/2018] victoria: por favor
[19:48, 15/12/2018] victoria: te pido que no me dejes hacer esto
[19:48, 15/12/2018] victoria: necesito que seas duro conmigo

[19:49, 15/12/2018] victoria: ahora mismo no soy victoria vale?
[19:49, 15/12/2018] victoria: ahora mismo no

[19:49, 15/12/2018] victoria: tu sabes que yo disfruto comiendo muy bien
[19:49, 15/12/2018] victoria: disfruto de mis ensaladas
[19:49, 15/12/2018] victoria: es mi ansiedad quien pide goiko

Le estaba pidiendo a mi pareja que no me dejara “salirme” de la dieta. Ese era el demonio de mierda. Ahora mismo creo que en ese momento el demonio de mierda fue un paso más e intentó convencer también a la persona que pasaba conmigo la mayor parte del tiempo porque sabía que yo (el angelito) estaba empezando a darme cuenta de que algo no iba bien y le estaba poniendo solución a ello comiendo un poco más, o por lo menos, intentándolo.

Y LLEGÓ LA NAVIDAD

Desde ese día no volví a hacer una comida libre. No “quería”. Además, venían las navidades, y con ellas, comer fuera de casa.

El día de navidad, el martes 25, nos tocaba a nosotros. Mis padres están hartos de celebrar las navidades en casa y cocinar y recoger y limpiar para dos o tres horas que estamos juntos. Así que este año decidieron invitar a la familia a comer a un restaurante el día de navidad. Por lo que yo ya tenía muy claro que el 25 de diciembre me iba a tocar comer fuera de casa sí o sí, por eso suprimí la comida libre de ese fin de semana.

El día de Nochebuena yo tenía pensado llevarme mi tupper, pero me dijo mi tía lo que iban a poner de cena y acepté no llevarme nada. Esta era mi guerra continua con el demonio de mierda, y en esta ocasión gané yo. Quería disfrutar de la Nochebuena en familia, como siempre he hecho.

Ese día por la mañana entrené muchísimo porque el martes 25 el gimnasio cerraba y no podía ir a entrenar. Así que solapé el entrenamiento del lunes con el entrenamiento del martes, es decir, hice una fullbody mal planteada, porque fue un entrenamiento de casi tres horas.

En la cena de Nochebuena estaba hambrienta. No estaba hambrienta solo por mi comida, también porque la cena era a las 21:00 y yo estaba acostumbrada a cenar a las 19:00. Podría haber tomado algo, pero no podía. No me “merecía” comer nada antes de ir a la cena de Nochebuena porque la cena iba a ser mi comida libre.

Aquí os dejo una foto de esa noche. En mi cara se veía que algo no iba bien. Me compré un jersey navideño ancho porque odiaba ir con ropa ajustad. Los cuadraditos que me acompañan son mi familia.

Empecé a comer y no podía parar. Antes de nada tengo que aclarar que en mi familia en navidades no se come como si no hubiera un mañana. Hay entrantes, un plato principal y postre. Nada del otro mundo y nada descomunal. Comí un poco de entrantes, el plato principal, y dos postres (no que comiera dos postres, sino que repetí el mismo dos veces, era una Panna cotta que hizo mi tía, con un poco de miel y nueces, ¡estaba deliciosa!). Luego, por supuesto, me comí varios trozos de turrón.  Por la noche dormí genial, a pesar de estar bastante llena. Bebí muchísima cantidad de agua.

Al día siguiente (el 25 de diciembre) me desperté y no tenía pensado desayunar ya que íbamos a comer fuera, pero tenía mucha hambre. Yo no podía creer que tuviera tanta hambre. Había cenado bien el día anterior. En mi mente había comido una tonelada de comida, pero no fue así.

Me fui a dar un “paseo” para relajarme. ¿Por qué entre comillas? Porque no era un paseo cualquiera. Me fui a un supermercado de aquí a comprarme comida. Me compré unas oreos, un bollicao de esos, unas cuantas galletas más… Mientras iba dando un paseo me comía esas cosas. No me las terminé todas, el resto las tiré. Me sentía culpable y no las quería tener en casa por miedo a comérmelas.

Al llegar a casa me derrumbé. No sabía qué me pasaba. Pensaba que estaba descontrolada. Empecé a sacar cosas de mi vida con las que no estaba a gusto, pero no me daba cuenta de que lo que no estaba bien en mi vida era el demonio de mierda.

De hecho, en la comida de navidad también me derrumbé, ahí en pleno restaurante, montando un espectáculo, con un montón de familias alrededor.

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QUIERO IR AL PSICÓLOGO

Tras esta crisis existencial navideña decidí que lo mejor que podía hacer era ir al psicólogo. Sentía que algo no iba bien en mi vida. No sabía qué hacer, estaba confundida. A partir de aquí vais a leer mucho la palabra “confundida”. Aquí empezó para mí lo peor de todo, porque no sabía qué me estaba pasando.

Pensaba que yo estaba saltándome la dieta de esta manera porque algo no iba bien en mi vida y porque me estaba agobiando con varias cosas. Quería ir al psicólogo para aprender a manejar mi ansiedad.

¿QUÉ ENTENDÍA YO POR ANSIEDAD?

En ese momento yo pensaba que yo tenía ansiedad. Pensaba que me pasaba los días pensando en el pasado y en el futuro, que le daba muchas vueltas a las cosas, que no podía vivir en el presente, que era incapaz de disfrutar de las cosas… ¿eso es ansiedad? no lo sé.

No sé que es la ansiedad, es la verdad. No tengo ni idea de lo que es, y ¿sabéis qué? me da absolutamente igual. La psicóloga a la que fui me dijo que la ansiedad es vivir continuamente en el pasado y en el futuro.

La psicóloga a la que fui, que la llamaremos C, me mandaba ejercicios para hacer cada semana. Uno de esos ejercicios era anotar las situaciones que me generaran esa ansiedad. Analizando las situaciones me di cuenta de que la mayoría de las cosas que me generaban ansiedad eran las relacionadas con la alimentación y el entrenamiento.

Eso quería cambiarlo. Estaba dispuesta a cambiarlo. Pero aun así, seguía teniendo miedo.  Un lado de mi quería recuperarse, pero otro lado no (el demonio de mierda). Recuperarse no de lo que ahora mismo quiero recuperarme yo. En ese momento yo no sabía que tenía un TCA, yo pensaba que realmente tenía un problema con la ansiedad y que, por un motivo o por otro, se había reflejado en el ejercicio y en la alimentación.

EL GRAN PARÉNTESIS (28.12-29.01)

Del 28.12 al 29.01 pasó un mes un poco caótico. Para mi supuso un paréntesis en mi vida y un antes y un después. Vamos, que fue el mes definitivo.

No recuerdo como fue cada día y aquí sí que sí que no me voy a enrollar. Básicamente porque no me acuerdo. Fue un mes que cada semana tomaba de media unas 5000 calorías tirando por lo bajo.

COME AHORA O MUERE PARA SIEMPRE

Cogía el autobús cada mañana (mañana por decir algo, pero que todavía era de noche, no estaban puestas ni las calles) y llegaba a Avenida de América. En vez de ir a entrenar, como siempre, cogía y me compraba alimentos en distintas cafeterías/establecimientos.

Cada día era diferente. Sí que me acuerdo que me dio muy fuerte por unos muffins de Sweets & Coffee, los cruasanes (de todo tipo), los cereales del Cereal Hunters (Lion Wild + Cap’n Crunch), tostadas de mantequilla y mermelada, sandwiches del Rodilla (queso con nueces)…

Me hacía un tour por Madrid centro y pasaba a todas las cafeterías que veía que tenían buena pinta. En algunas me sentaba tranquilamente a comer lo que me apeteciera y en otras cogía la comida para llevar y me iba comiendo mientras caminaba por Madrid en busca de otra cafetería.

Ahora mismo lo miro y sé que no era ansiedad. Estaba pasando por lo que se llama “extreme hunger“. Aquí os dejo un segundo artículo sobre la explicación científica del extreme hunger.

Os dejo ahí dos enlaces donde se explica bien, pero si alguna persona necesita que haga un post específico sobre el tema, lo haré encantada. No me importa traducir artículos de ese estilo.

En resumen diré que no era ansiedad sino hambre. Cuando pasas por una situación de malnutrición prolongada, es normal que a tu cuerpo le falte energía y te la pida. Es totalmente normal. Al igual que es totalmente normal comer cantidades enormes de comida cuando te estás recuperando de un TCA de este tipo.

No penséis que sois personas raras si necesitáis muchísima comida para sentiros saciadas. Personas que no han pasado por ningún TCA es normal que vean “raro” que comáis tanto (o que comamos tanto, porque yo también me incluyo). Es totalmente normal, de verdad. Es nuestro cuerpo intentando sobrevivir.

Tenía tantísima hambre que hasta llenísima tenía ganas de seguir comiendo. He llegado a comerme el pan duro que tenemos encima del radiador para troceárselo a los gorriones (¿me lo perdonáis, pajaritos?). Incluso una noche me tuve que levantar a comerme unas galletas porque si no comía algo, era incapaz de dormirme.

También me acuerdo de que un sábado por la noche, que me quedé en casa de mi tía a cuidar de mis primos, me comí los bordes de las pizzas que mis primos habían dejado (pizza casera que hizo mi tía, que estaba de rechupete).

Eso no son atracones, eso, es hambre.

¿COMIDA? SÍ ¿CULPABILIDAD? TAMBIÉN

Aquí es cuando el demonio de mierda me empezó a jugar una mala pasada. Yo estaba comiendo, sí, me estaba alimentando, pero también me sentía muy culpable. Pensé que había pasado de tenerlo todo controlado a no tener nada controlado, a desarrollar un trastorno por atracón.

Empecé a leerme un montón de artículos y a verme un montón de videos para intentar solucionarlo. Gracias a esto conocí a una youtuber que me gusta mucho, que se llama entretallas.

Todas las personas con este TCA tenían en común que era la ansiedad quien les generaba esos atracones, que había algo en sus vidas que fallaba, justo como yo.

Le eché la culpa a la universidad, y tuve la iniciativa de dejarla. Quería dejar la universidad y empezar a hacer cursos para ser monitora de clases colectivas. Ahora lo pienso y sé que quería hacer eso porque en mi mente estaba el “así estás en movimiento todo el día”. Vi que esa decisión no mejoraba mi “ansiedad”, así que me lo pensé dos veces. Por supuesto que no la voy a dejar, aunque ahora mismo esté en stand-by.

También le eché la culpa a vivir tan lejos de Madrid, así que decidí irme una semana de prueba a casa de mi abuela. Mi abuela vive en el centro de Madrid, a 15 minutos andando de la calle Mayor.

Me fui a casa de mi abuela pensando que allí volvería todo a la normalidad. Yo tendría otra vez una “vida normal”, yendo a entrenar, comiendo mis comidas, haciendo planes para distraerme y no comer…

Cuando llegué allí el domingo 27 lo tenía todo muy claro, pero nada. Volví a hacer lo mismo de siempre: comer, comer y comer.

No aguanté ni dos noches allí. El martes 29 me derrumbé. No quería seguir viviendo así. No me veía levantándome otra vez al día siguiente y repitiendo todo lo mismo. Estaba harta de comer, estaba harta de ser así. Yo no era así. Yo tenía que seguir mi alimentación sana, mi dieta, mis entrenamientos. Y si no era capaz de volver a hacer eso, si no era capaz de controlarme con la comida, no quería seguir aquí.

Es duro, lo sé, pero estaba tan hundida que solo veía esa salida.

Le pregunté a mi madre si podía venirme a buscar al día siguiente. Me quería ir de ahí. Necesitaba pedir ayuda, pero no sabía cómo.

[19:18, 29/1/2019] victoria: me podeis venir a buscar mañana?
[19:32, 29/1/2019] mamá: Si claro
[19:32, 29/1/2019] mamá: A q hora
[19:32, 29/1/2019] victoria: cuando podais

Le dije que quería ir al psiquiatra, que quería que me medicara porque no estaba bien. Estaba asustada, confundida, no sabía qué estaba pasando por mi mente, no sabía por qué había llegado hasta ese punto.

[19:52, 29/1/2019] victoria: no creo que sea momento de psicologa ahora mismo
[19:52, 29/1/2019] mamá: Pasó algo
[19:52, 29/1/2019] mamá: Te llamo
[19:53, 29/1/2019] victoria: no ha pasado nada
[19:53, 29/1/2019] victoria: pero no me encuentro bien
[19:53, 29/1/2019] mamá: Te llamo
[19:53, 29/1/2019] victoria: no
[19:53, 29/1/2019] mamá: Lo de la psicóloga no es inmediato
[19:53, 29/1/2019] mamá: Todo lleva su tiempo…
[19:54, 29/1/2019] victoria: me da igual
[19:54, 29/1/2019] victoria: quiero ir al psiquiatra

Empecé a pensar que la pérdida de peso tan brusca me había afectado a las hormonas y ahora tenía una especie de depresión y por eso quería acabar con todo.

Al final mi madre me llamó, tuvimos una conversación, y me preguntó si quería que me llevara al hospital. Le dije que sí, sin dudarlo. Lo necesitaba. Necesitaba pedir ayuda. Estoy orgullosa de mi por haber dicho que sí. Al principio pensaba que era un tontería ir a urgencias por algo así, pero luego me di cuenta de que si no hubiera ido a urgencias aquella noche, no estaría ahora mismo donde estoy.

ATANDO CABOS

Allí en urgencias les conté todo a mis padres. Les conté todo lo que había estado comiendo y cómo me sentía. Mi madre me preguntó si intentaba compensarlo de alguna manera. Y ahí fue cuando me di cuenta de que tenía un problema y no era un trastorno por atracón. Sí que lo estaba intentado compensar.

Tomaba infusiones laxantes y me tomaba como seis o siete cafés al día porque sabía que la cafeína aumentaba el tránsito intestinal y así había menos probabilidad de que absorbiera todo lo que estaba comiendo. También me hinchaba a barritas Quest (las que os dije en los anteriores posts) porque sabía que la fibra “secuestraba” muchos nutrientes y así era menos probable que absorbiera toda la grasa. Me llegué a tomar como 6 o 7 en un día.

Además, paseaba por Madrid como una loca para dar pasos y pasos y pasos y así gastar las calorías de todo lo que me estaba metiendo en el cuerpo. ERROR. Con esto solo estaba retroalimentando el círculo de restricción-atracón/comilona-compensación.

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Si tenéis hambre, comed, pero también descansad. Dejad que vuestro cuerpo aproveche esa energía, que absorba todo la que pueda y todo lo que necesite. Dadle tregua, ha sufrido muchísimo, más de lo que os podéis imaginar. Un cuerpo es más que un peso. Tenemos millones de cosas dentro de nosotras funcionando cada día. Con el simple hecho de estar quietas, respirando, ya estamos consumiendo energía.

Cuanto antes vea que hay energía, antes parará de pediros comida todo el tiempo. Creedme. Este hambre no dura para siempre. No os vais a dar “atracones” toda la vida, ¡olvidad eso! No quiero haceros spoiler, pero para mí ya se ha acabado todo eso. Ahora tengo el apetito muy regulado, aunque a veces sí que tenga momentos puntuales de tener muchísima hambre, pero es algo normal. Tiempo al tiempo. Esto os lo contaré en los siguientes posts sobre mi recuperación y demás actualizaciones.

VI LA LUZ AL FINAL DEL TÚNEL

Me di cuenta de que tenía un TCA y de que lo había pasado muy mal. También me di cuenta de que a lo mejor lo que me estaba pasando de tener tanta hambre, era algo normal, algo fisiológico, y no hambre emocional o por aburrimiento, como me pensaba yo.

Mi madre me dijo algo que marcó un antes y un después en toda mi recuperación. Me dijo “si tienes hambre, come”. Es algo tan simple, pero que me ayudó tantísimo. Nadie nunca me había dicho algo así, y me tranquilizó mucho.

Las psiquiatras de guardia que me atendieron en urgencias hicieron un informe y me dijeron que me llamarían más adelante para darme cita con el psiquiatra de la seguridad social. Me recetaron, ellas mismas, la fluoxetina. Al día siguiente empecé a tomarla. Es un antidepresivo, por si no lo sabíais. También me dijeron que tenían que hacerme un análisis de sangre cuanto antes, así que el jueves de esa misma semana fui a hacerme el análisis.

Os dejo aquí el análisis, aunque no sé si os interesa, pero a mi me sirve de recuerdo. Tengo que dejar claro que este análisis fue después de un mes un poco caótico con la comida, por eso no representa gran cosa. Es una lástima no tener un análisis de antes, porque habría sido para ingresarme.

Captura de pantalla 2019-02-26 a las 10.20.21.pngCaptura de pantalla 2019-02-26 a las 10.20.31.pngCaptura de pantalla 2019-02-26 a las 10.20.39.pngCaptura de pantalla 2019-02-26 a las 10.21.02.pngCaptura de pantalla 2019-02-26 a las 10.21.13.pngCaptura de pantalla 2019-02-26 a las 10.21.21.pngCaptura de pantalla 2019-02-26 a las 10.21.38.pngCaptura de pantalla 2019-02-26 a las 10.21.47.pngCaptura de pantalla 2019-02-26 a las 10.22.01.pngCaptura de pantalla 2019-02-26 a las 10.22.17.pngCaptura de pantalla 2019-02-26 a las 10.22.28.pngCaptura de pantalla 2019-02-26 a las 10.22.40.pngCaptura de pantalla 2019-02-26 a las 10.22.52.png

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Me dieron cita para el 20 de febrero, casi un mes después. También asistí a un psiquiatra privado antes, el cual me dijo que tenía que seguir con la fluoxetina y que tenía que ir a un nutricionista y a un psicólogo.

La verdad es que mucho caso no le hice porque no me veía preparada para ir a un nutricionista. Sí que fui a la psicóloga, a unas cuantas, de hecho. En este post no voy a comentar nada de esto, pero si queréis que cuente mi experiencia con las psicólogas, lo haré.

LA PSIQUIATRA, MI PSIQUIATRA

El otro día, el 20, fui a la psiquiatra de la seguridad social. Era una mujer muy simpática, y a partir de ahora será mi psiquiatra.

Me dijo que ella no podría seguir un tratamiento conmigo porque la lista de espera es muy grande, pero me recomendó un sitio especializado en Trastornos de la Conducta Alimentaria, en el hospital Santa Cristina, de Madrid.

Mandó mi informe y me llamaron enseguida. Me dieron cita el día 4 de marzo para hacerme una entrevista. Ya os contaré qué tal, pero hasta donde yo sé es una terapia multidisciplinar. Espero que me pueda ayudar. Os lo contaré, por supuesto que sí.

RESURGIENDO DE LAS CENIZAS

Os voy a contar un poco qué estoy haciendo ahora mismo. Aunque no entraré mucho en detalle porque tengo pensado hacer más posts.

HABLA CHUCHO QUE NO TE ESCUCHO

Para mantenerme entretenida lo que hice es buscarme algo para hacer. Esto me lo recomendó una psicóloga (se podría decir que mi psicóloga actual) para no escuchar al demonio de mierda.

El ganchillo lo abandoné porque creo que no es lo mío, por lo menos ahora. Intenté engancharme al mundo de los mandalas, pero tampoco. Me he dado cuenta de que lo que me gusta mucho es escribir, así que esta será una manera de entretenerme. Además, me ayuda mucho recordar todo, porque cada día me doy cuenta de más cosas y  también puedo ayudar a personas que están pasando por algo similar.

Me empecé a ver Friends, que me está encantando y me río mucho con esa serie. A veces también veo alguna película, pero prefiero mil veces las series. Hacia mucho tiempo que no me veía una serie, muchísimo tiempo.

Juego al Minecraft, como hace unos cuantos años. Juego con mi primo pequeño. Él desde su casa y yo desde la mía, pero en vez de utilizar Skype o alguna aplicación así como los gamers profesionales, nosotros hablamos por el teléfono fijo. Bueno, yo por el móvil con el altavoz y él con el fijo (porque no tiene móvil, claro), colocado estratégicamente en los cascos. Me encantaría poner una foto suya, pero no lo voy a hacer, así que creedme que está muy gracioso.

Me compré libros de novela erótica. Estoy con la saga de “Pídeme lo que quieras”, de Megan Maxwell. ¿Os la recomiendo? Pues mira, si os gustan las relaciones abiertas, los tríos, las orgías y todas esas cosas, pues sí. A mí no me va mucho, por eso salto las partes en las que hay más pollitas y conejos que en una granja. Me he comprado una novela erótica para saltar la parte erótica, sí, así soy yo.

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Intento hacer todos los planes que pueda, aunque a veces no me apetezca salir de casa. Hago el esfuerzo por no quedarme en la cama hecha una bolita. Mis padres y toda mi familia me están ayudando mucho.

Mis padres me sacan de excursión, porque siempre me ha encantado ir de excursión a distintos sitios. El otro día fuimos a Sepúlveda y vimos un montón de buitres. Parecían dinosaurios (de estos que vuelan, que ahora mismo no me sale el nombre, mecachis).

Mi prima Elsa me propone muchos planes, como ir a centros comerciales a dar una vuelta y esas cosas. Se lo agradezco mucho porque yo soy consciente de que no estuve todo lo que me hubiese gustado estar cuando ella estaba en el hospital con la quimioterapia. Yo estaba muy metida en lo mío y no le dediqué mucho tiempo. Sé que estará leyendo esto, así que, Elsa, lo siento mucho y gracias por estar ahora de mi lado, a pesar de todo.

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También le tengo que dar las gracias a mi primo Adam. Paso la tarde de los lunes y los miércoles con él, y me río muchísimo. Tiene 12 años, pero parece que tiene bastantes más. Y también a mi primo Tomás, que me lo paso muy bien jugando con él al Minecraft.

Y, por supuesto, a mis padres, que son los primeros que están ahí y hacen lo posible porque yo esté bien.

1,2,3… REGULÁNDOME

Como ya dije, el hambre ya se me está regulando. Ahora soy capaz de comer 5 veces al día y no 20.

He subido de peso, sí. ¿Cuánto? No lo sé, porque no me peso. Me da igual el peso ahora mismo. Sé que si me peso, el demonio de mierda volvería a comerme la cabeza con tonterías. Ahora mi objetivo es ponerme bien y que mi cuerpo vuelva a estar en paz.

Esto no quiere decir que me encante mi cuerpo y que olé las curvas. No me gusta nada mi cuerpo ahora mismo porque sé que este no es mi cuerpo, pero todo es un proceso. Tengo que aprender a aceptarme como estoy ahora porque estar así significa que todo está yendo bien y que todo está siguiendo su curso.

La regla sigue sin bajarme, pero cada vez la noto más cerca. ¡Te espero aquí, querida! Nunca he tenido tantas ganas de que vinieras. Para mi su llegada significará que mi cuerpo ya no se siente en peligro.

¿DIETA?

Estoy comiendo sano, porque a mí me gusta comer sano, pero sin contar calorías y sin perder la cabeza. Hay veces que me apetece un bocadillo, y otras veces me apetecen galletas. A veces me apetecen castañas, y otras veces cereales rellenos de leche. Yo lo que hago es obedecer a mi cuerpo y darle lo que me pide en ese momento, para que confíe en mí. Ya habrá tiempo del resto.

Tengo que aclarar que aunque le de lo que me pida, siempre intento buscar la mejor opción de cada.

Por ejemplo, cuando me apetecen galletas, intento buscar unas que tengan buenos ingredientes. No me refiero a elegir las que estén edulcoradas al fallo con Maltitol (me gustaría mantener mi intestino en su sitio y que no se vaya por el WC, gracias) ni las que están hechas con menos de cinco ingredientes. Me refiero a las que tengan los ingredientes más naturales posibles y los ácidos grasos más saludables posibles. No quiero inflamar a mi cuerpo, ya lo que le faltaba. Opto siempre por las que tienen aceite de oliva (hay muy pocas así) o por las que tienen aceite de girasol alto oleico.

En cambio, cuando me apetecen los cereales rellenos de leche, no puedo comerme la cabeza mucho porque tienen todos ingredientes muy similares, así que cojo los que más me gustan (los del Mercadona), independientemente de los ingredientes.

También estoy intentando cuidar mucho mi intestino con un buen aporte de probióticos y prebióticos.

¿EJERCICIO? POR AHORA NO, GRACIAS

No estoy yendo al gimnasio, ni tengo pensado ir. No creo que sea un ambiente adecuado para una persona que esté recuperándose de un TCA. Tampoco creo que sea un ambiente adecuado para una persona propensa a desarrollar un TCA. Es un mundo muy oscuro.

Me encanta hacer pesas, y no descarto volver a ellas, pero desde luego en un gimnasio no será. A lo mejor vuelvo a hacerlo en mi casa, como hacía antes. Al fin y al cabo unas cuantas barras y discos son más que suficiente.

Pero ahora mismo no. Ahora quiero recuperarme y darle a entender a mi cuerpo que todo está bien de nuevo. Doy paseos con mi madre porque nos encanta hablar, hablar y hablar. Así también me entretengo. Eso es lo único que hago de ejercicio.

MI CARRERA Y EL MUNDO DE LA NUTRICIÓN

He dejado de lado mi carrera. Continuaré cuando me encuentre mejor, que seguro que será para el curso que viene.

La he dejado por dos motivos:

  1. Ahora mismo me quiero centrar en recuperarme porque lo he pasado muy mal. No me veo preparada para volver a una rutina o a una “vida normal”. Ya no sé qué es eso, lo descubriré con el tiempo.
  2. Mi carrera es Nutrición humana y dietética. Un TCA con la nutrición no se lleva muy bien y sé que si vuelvo a estudiar algo relacionado con el tema sin haberme recuperado, me será más difícil recuperarme.

El único contacto que estoy teniendo con el mundo de la nutrición es a través de un Podcast que se llama Anarkomida. ¡Qué risa! Me lo paso tan bien escuchándoles, de verdad, me divierto muchísimo. Dudo mucho que lean esto, pero gracias por hacerme reír tanto. Cada semana estoy esperando a que subáis un nuevo episodio.

HASTA OTRO DÍA, PANAL

Muchas gracias por leerme. No sé si habré ayudado a alguien con estos posts, pero a mi me ha ayudado bastante desahogarme y analizar todo cronológicamente.

En los posteriores posts iré contando cómo va mi recuperación y qué estoy haciendo, además de mi experiencia en el centro ese, si es que me aceptan.

A partir de ahora el blog va a tomar un rumbo diferente, aunque tampoco tanto. Lo centraré más en el mundo del TCA. No solo para curarlo, con mi propia experiencia y progreso, sino también para prevenirlo, porque como os decía antes, hay conductas que se están normalizando y dan bastante miedo.

Espero que os haya gustado tanto como a mi madre. ¡Hasta otro día, panal!

4 comentarios sobre “MI TCA (III): EL PUNTO Y APARTE

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